Jaime Sabines
(25 de marzo de 1926 – 19 de marzo de 1999)
Hoy fue un día raro. Esta mañana me enteré por casualidad del centenario de Jaime Sabines. Me acordé de que hacía muchos años había comprado un libro del poeta mexicano y empecé a buscarlo como un loco. Lo malo de tener una biblioteca desordenada es que buscar un libro es una odisea. Lo bueno, es que te das cuenta de los muchos libros que has leído y de los muchos que aún te faltan por leer. De los que dejaste empezados y de los que ya, definitivamente, no vas a leer jamás. A medida que envejezco el universo de mi biblioteca se hace inconmensurablemente más pequeño. El día se me fue en labores cotidianas, preparar clases, leer artículos de revistas, hacer el almuerzo, meter la ropa de color en la lavadora, responder algunos correos, hacer unas llamadas, colgar la ropa, pensar, y tratar de recordar dónde había quedado el libro de Sabines. Luego, en la tarde, tuve una clase en la universidad. Tres estudiantes hablaron respectivamente de El cero y el infinito de Koestler, La caída de Camus y La broma de Kundera, a propósito de la relación entre literatura y poder. Salí de clase, pedí el taxi, conversé por celular con Gabriela, y, ya en el apartamento, saludé a Jero, conversé un rato con él sobre cómo había sido su día, luego llegó Alejo y me contó también de su día en la universidad, me puse la piyama, y me senté a leer un artículo de Katy Waldman en el The New Yorker sobre un psicoanalista llamado Adam Phillips. Según este escritor los fieles y los promiscuos no son tan diferentes: «Ambos son “idealistas”, escribe, “trastornados por la esperanza, asombrados de la tranquilidad, impresionados por sus placeres”». En fin. Estaba inquieto, porque no dejaba de pensar en Sabines. Así que dejé de leer y me puse a buscar, en serio, el libro. Quiero agregar que, hace unos meses, me molesta un dolor en la espalda. Parece que es la ciática, así que debo visitar al médico en algún momento. Olvidé el dolor y me agaché para buscar en los estantes inferiores de la biblioteca el libro del poeta. Me tomó media hora encontrarlo: Recuento de poemas 1950 / 1993. Lo abrí. Recordé que le había arrancado la primera hoja por una dedicatoria que había escrito en esos años. Fue un regalo que luego hurté. De resto, el libro estaba intacto. Reunía poemas de diez libros publicados por el autor. En esa época me gustaba mucho leer los poemas de amor de Sabines. Por ejemplo:
Me doy cuenta de que me faltas
y de que te busco entre las gentes, en el ruido,
pero todo es inútil.
Cuando me quedo solo
me quedo más solo
solo por todas partes y por ti y por mí.
No hago sino esperar.
Esperar todo el día hasta que no llegas.
Hasta que me duermo
y no estás y no has llegado
y me quedo dormido
y terriblemente cansado
preguntando.
Amor, todos los días.
Aquí a mi lado, junto a mí, haces falta.
Puedes empezar a leer esto
y cuando llegues aquí empezar de nuevo.
Cierra estas palabras como un círculo,
como un aro, échalo a rodar, enciéndelo.
Estas cosas giran en torno a mí igual que moscas,
en mi garganta como moscas en un frasco.
Yo estoy arruinado.
Estoy arruinado de mis huesos,
todo es pesadumbre.
Estas semanas en un curso sobre grandes clásicos los estudiantes de otra universidad han tratado el tema del amor en la literatura. Han dicho, por ejemplo, que en la Odisea, de Homero, hay una fuerza, el eros, que impulsa a Ulises a regresar a casa, a pesar de los muchos obstáculos que se le oponen. También, que, en El banquete, Sócrates exalta el amor al conocimiento sobre otras formas de amar. Que los amantes abstractos de El cantar de los cantares persiguen el placer. Que la razón de Abelardo vence al amor que Eloísa siente por él. Que para Don Quijote amar es una idea y que el enfrentamiento dialéctico entre Lizzy y Darcy finalmente los conduce al amor. Así que el tema ha estado revoloteando en el aire por estos días y, por esas razones, la obsesión por encontrar y volver a leer a Sabines era más fuerte.
Hojeándolo, me encuentro con un poema que escribió Sabines sobre Cuba, “Cuba 65”, del que voy a transcribir la primera estrofa, que me recuerda la columna de Federico Díaz Granados, en Cambio, sobre el papel del artista en medio de la guerra. ¿Qué hace un poeta con un fusil? Creo que en vez de portarnos como Aquiles, deberíamos ser un poco como Ulises, que después de diez años de guerra, regresa a casa. Y, de todas maneras, alguien debe quedar vivo para contar la historia. Cuba es una isla asediada que ha resistido con dignidad muchas contradicciones políticas y económicas. Hace unos años visité La Habana con un amigo para entrevistar al escritor Ambrosio Fornet. Recorrimos con curiosidad la ciudad resquebrajada, los bares, los museos, los restaurantes, las esquinas, y, en las noches, íbamos a ver bailar reguetón a las casas de la cultura. Dije “ver bailar”, porque no sé bailar reguetón. Sobre todo, conversamos con la gente, muchos de ellos caribeños existencialistas como yo. Encontré que todo eso que dice Sabines en el poema, de que en la isla “hay privaciones, hay escasez, no hay pollos”, permanecía más o menos igual, menos la música. No obstante, en mi memoria conservaba algo de romanticismo pop al pensar en esos viejos barbados armados de fusiles para hacer la revolución. Mis tías me contaron que mi abuelo Miguel sintonizaba Radio Rebelde en un transistor en AM para escuchar los discursos de Fidel. Sin embargo, de esa nostálgica postal no queda sino una imagen amarillenta y cuarteada. Los tiempos son otros.
I
No sé, a estas alturas, cómo decir las cosas que suceden.
Soy un poco apagado, un poco triste,
un poco incrédulo y vacío.
Dejé pasar tres meses a propósito
para mirar en mí, mirarte lejos,
sano y salvo de ti, Cuba caliente.
(He aquí el primer error. No quiero atarme
a las palabras ni al ritmo.
Líbreme Dios de mí
igual que me he librado de Dios.)
Suscribo lo que dice la prensa reaccionaria del mundo.
(Así iba a empezar.)
En Cuba hay privaciones, hay escasez, no hay pollos,
no hay vestidos suntuosos ni automóviles último modelo,
hay pocas medicinas y mucho trabajo para todos.
Suscribo esto.
Quiero aclarar que no me paga un sueldo el partido comunista,
ni recibo dólares de la embajada norteamericana
(¡Qué bien la están haciendo los gringos
en Vietnam y en Santo Domingo!)
No acostumbro meterme con la poesía política
ni trato de arreglar el mundo.
Más bien soy un burgués acomodado a todo,
a la vida, a la muerte y a la desesperanza.
No tengo hábitos sanos
ni he aprendido a reír ni a conversar con nadie.
Soy un poco de todo,
y pienso que si fuera en un buque pirata
sería lo mismo el capitán que el cocinero.
No quería que acabara el día sin escribir algo sobre Jaime Sabines. Por todas partes nos asedian la guerra y la muerte. El odio se ha entronizado para hacer sufrir a millones de personas. Los síntomas del fascismo y el autoritarismo se manifiestan también en muchos lados. Sin embargo, los poetas nos recuerdan que a pesar de la derrota, del sufrimiento y de la incertidumbre, encontramos victorias, alegrías y certezas en el amor y en la solidaridad. En las palabras. No como formas de consuelo, sino como formas de resistirnos al caos y a la violencia.


Me gustó mucho todo. Tus reflexiones, los poemas de Sabines (que no conocía, leo mucho, muchísimo, pero poca poesía). Me gustan esas estampas intimistas como esta tuya que algunos son capaces de escribir tan lindamente. Yo miro para afuera. Observo, analizo, desentraño lo de afuera. Siempre pienso que mi interior es memorable solo para mí. Un abrazo!